La hoja



    Los calores del incipiente verano abrasaban ya al resto de sus hermanas en aquel fresno cuando aquella hoja aún se resistía a abandonar su yema, allí se estaba más fresquito, pensaba, sintiendo como el envés retorcido dentro de aquel maltrecho capullo se calentaba al medio día.

   Pero a pesar de toda su resistencia, un día la cápsula leñosa al fin se quebró y quedó por primera vez expuesta al mundo. Menos de dos horas después había conseguido estirarse en todo su ser, y girarse lo suficiente como para que la calentara el Sol. Aquel primer día pensó en todos aquellos momentos que había estado agobiada en aquella prisión por miedo a calcinarse,  ahora ese verde intenso le permitía exponerse al calor sin ningún problema.


   El verano terminó, y con él empezaron a ocurrir cosas que no podía comprender, compañeras suyas, en su misma rama empezaron a palidecer, quizá sería porque les llegaba menos luz ahora que los días parecían ser más cortos, o a lo mejor era que les llegaban suficientes fluidos procedentes de la raíz a causa de la sequía, la cuestión era que aquel verde intenso se torno en ocre en muchas de ellas.

- Seguro que es algo pasajero. - Pensó.

   Hasta aquella fatídica tarde de otoño en la que la lluvia intensa y el viento hizo que algunas de sus compañeras se desprendieran aparentemente sin vida del árbol, aquello la hizo estremecer de terror.

- El ocre es la muerte. - Pensó, y seguidamente se echó otro vistazo por encima para verificar que todo seguía bien, pero allí en el ápice, una mancha marrón le puso los nervios de punta.

- Voy a morir. - Pensó y por un instante el miedo fue tal que la hoja se llegó a cerrar sobre si misma, como para protegerse, pero no podía escapar, el peciolo la mantenía prisionera, cautiva de aquello que parecía darle la vida pero que ahora no era capaz de protegerla.


   Poco a poco el verdor extraordinario fue difuminándose, dejando paso a aquellos tonos ocres que acompañaban a los colores de su alrededor, mientras cientos de sus compañeras caían a diario, sin descanso, hasta aquel día en que solo quedo ella.

   Agarrada a su rama como si fuera lo último que pudiera hacer, aferrada a una vida ya sin alma, temiendo el fin el cualquier momento, veía en tinieblas pasar los días, cada vez más cortos, más fríos, más solitarios, sin comprender muy bien porque su padre le había dado la vida para quitársela de aquella manera tan cruel.

   Y así, un día cualquiera de aquel invierno, un pájaro se posó sobre la rama donde resistía a su destino y durante un rato intercambiaron miradas curiosas, como de aquello que se ve por por vez primera, cuando súbitamente el pájaro picoteó su peciolo y la hoja se desprendió.


   La caída fue como un alivio, tras un instante de pánico, sintió por primera vez en su vida, la libertad, y se dejó mecer por el viento que hasta entonces había sido su peor enemigo, y pudo visitar lugares que jamas había podido imaginar hasta que al final se abrazó a su destino comprendiendo, por fin, el propósito de todo aquello.

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