El esclavo

  La cocina siempre había sido su gran pasión; el único arte capaz de  estimular todos sus sentidos a la vez en un juego mágico en el que la mezcla de colores, sabores, texturas, aromas y sonidos podían provocar el llanto, la risa, la sorpresa o la nostalgia tras un simple bocado, y en el que la cara del comensal se convertía en la respuesta a todas sus preguntas, el propósito de su vida. 





   Hacía ya mucho que lo había dejado todo por aquella profesión, primero fue la familia, luego fueron los amigos y el amor, y últimamente estaba sacrificando su salud y su dinero; las cosas no iban bien y no sabía por qué; aquella incertidumbre lo estaba matando. 


   Aferrado a aquel sueño, su trabajo se había convertido, sin que él se diera cuenta, en una prisión para su alma, se lo había arrebatado todo a cambio de nada. Solo en su habitación, se despertó aquella madrugada de sábado primaveral; un aroma desconocido le había sacado del letargo que le producían aquellas pastillas verdes, y como un zombi, se dejó guiar por él hasta llegar a una tahona debajo de su apartamento; allí, una joven manejaba una masa con suma delicadeza, sus manos la acariciaban en una mezcla de firmeza y amor, e inexplicablemente ese aroma indescriptible surgía como por arte de magia gracias a aquel trabajo excepcional; entonces se fijó en su mirada, totalmente perdida entre sus dedos, sabía que para ella no existía otro mundo más allá de aquella masa, de aquel momento. 


   A hurtadillas cogió un panecillo del mostrador y apretó aquella delicada forma con sus dedos, el crujido estremeció su cuerpo y un calor agradable alcanzó sus dedos como preludio a un aroma que invitaba a algo más, era magia pura, casi deseo; no se pudo resistir y se dejó arrastrar por un instinto que hacía ya mucho tiempo había olvidado. Su sabor era indescriptible, y entonces descubrió la verdad, en el camino hacia sus sueños se había olvidado de todo aquello, se había olvidado de él, de su vida, de sus anhelos, como aquel que espera que una droga le rescate del más profundo infierno sin darse cuenta de que le está esclavizando.

   Una lágrima brotó en sus ojos, momento en el que una suave voz le despertó de aquel letargo eterno en el que había estado sumido. 


- Buenos días, ¿qué desea? 


   Interesante pregunta. – pensó.

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