La carpeta

   Se despidió de su hijo con un tímido beso en la mejilla para no despertarle. Ese día tocaba trabajar temprano, así que cogió el coche para aprovechar el poco tráfico que aún no ahogaba la ciudad; metió la llave en el contacto y pudo comprobar como aún estaba frío. Giró su mano y el motor arrancó tras una leve protesta. Al encender las luces pudo ver fugazmente a un gato cruzar la calle y un gesto inexplicable se marcó en su rostro durante un segundo. Echó un vistazo y allí, a su lado, estaba la carpeta azul; dentro, una dirección y una hora marcaban su tarea matutina. Unos leves toquecitos sobre la portada le sirvieron como punto de inicio de la jornada. 




   Atravesó la ciudad como un autómata que conoce cada desvío, cada callejuela mientras en su cabeza organizaba las próximas vacaciones de verano en familia, esta vez les acompañarían sus padres, por eso había aceptado aquel trabajo tan precipitado, quería sorprenderlos con un destino exclusivo e íntimo y eso resultaría caro.

   No le gustaban las sorpresas, por eso jamas aceptaba trabajos con tan poco tiempo de preparación, pero aquello era una perita en dulce, dinero fácil. 


   Un anciano se lanzó a un paso de cebra, lo que le sacó repentinamente de sus ensoñaciones con un frenazo en seco, sus miradas se cruzaron un instante y con un leve movimiento de su mano invitó al anciano a cruzar mientras le devolvía una sonrisa. 

   Tras unos segundos que a otros les parecieron eternos, reanudó la marcha, hasta que a la hora marcada llegó a la calle prevista, aparcó y se acercó a uno de los bares del barrio para tomar rápido un café con leche y unos churros mientras escuchaba las primeras noticias de la mañana. 

- Como está el país.- Pensó, mientras negaba con la cabeza.


   Al salir del establecimiento se topó con un mendigo que dormitaba ya en la puerta, sin pensarlo, sacó las monedas que llevaba en el bolsillo y se las entregó. 

   Era la hora, las luces de su reloj empezaron a parpadear indicando el momento adecuado, había llegado el momento de trabajar. 

   Subió las escaleras pesadamente, se plantó delante de la puerta y observó su timbre por un instante. Después, metió una ganzúa en la cerradura y abrió sigilosamente. 

   La casa aún estaba a oscuras, como los tres últimos días a esa misma hora, así que se dirigió a la habitación señalada, dejando atrás el dormitorio donde dos críos aún dormían plácidamente. 

   Una nueva puerta cerrada le separaba de su destino, con suavidad giró el pomo y accedió a la estancia. Un olor a humedad y vida lo inundaba todo; en la cama, una pareja se miraba aún en sueños, eran las caras de la carpeta azul, así que sacó su pistola, enrosco el silenciador y todo acabó antes de que empezara a hacer la digestión.

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