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domingo, 15 de noviembre de 2020

ESPERANZA

 

    Si hace un año, alguien le hubiese dicho que aquella mañana la iba a pasar allí sentada, le hubiera tildado de loco.

   Pero ahora la cosa había cambiado, y mucho.

   Un rayo de sol atravesaba la ventana sorteando el sucio rastro de gotas de agua que ayer fueron capaces de volar; no dejaba de ser una metáfora de su situación, pero a aquel haz de luz le daban igual sus pensamientos, alargaba su cálido brazo hasta alcanzar por fin su blanquecino rostro para deslumbrarla.

   Una sensación de asco nació súbitamente en su interior y pudo seguirla en su avance desde el estómago a la boca, era un preludio de lo que sabía que vendría después; la boca le amargaba como la hiel, y su cuerpo ardía como si aquel veneno que le metían por las venas fuera fuego líquido.

   Hacía unos meses que su cuerpo se había revelado contra ella, el diagnóstico fue claro y la solución única. Por primera vez en su vida no tuvo que pensar que camino escoger, solo había uno posible aunque como siempre, el final volvía a ser incierto.

   A su alrededor podía ver el avance implacable de aquella enfermedad, era su futuro reflejado en ojos ajenos llenos de dolor, pero había algo más que no podía explicar, algo que continuaba allí, aunque pasasen los días. Aquellos que no reflejaban esa luz en su mirada pronto dejaban de acudir a su cita con las agujas, y por más que ella se miró en el espejo fue incapaz de encontrarla en sus propios ojos.

 


   Su cuerpo se había consumido igual que aquellos cigarros que abandonó algún día en un cenicero, su piel era ahora gris y cuarteada, y dejaban al trasluz unas venas que cada vez eran más azules, el pelo se le caía a girones, pero no quería dejar de cepillárselo cada mañana. Su vida transcurría entre aquella anodina sala y el inodoro de su cuarto de baño, en un circulo vicioso en el que se había convertido su existencia.

   Aquella mañana, sentada en el asiento color rojo, esperaba a que la enfermera le inyectara la dosis de aquel día; otro día más, otro día menos. Era la hora indicada, y de nuevo aquel rayo de luz acudió a su cita y le acarició la cara, pero aquel día decidió no apartar la cara; dejo que aquel beso imaginario le rozara por un instante y con él, algo cambio.

    Miró al sol por un instante para descubrir que aquello que cegaba su vista, tambien era capaz de calentar su cuerpo, de alimentarlo.

   Entonces la enfermera le clavó la aguja, y aquel líquido verde empezó a invadir de nuevo su cuerpo, era como aquel rayo de sol, a la vez que la mataba le ofrecía la palabra que había estado buscando en su mirada.

 

Esperanza.

Hola Soy David, Mentor de cambio profesional, consultor de equipos comerciales, escritor, cocinero, y mente inquieta a la que le encanta la innovación, la creatividad y trabajar con las personas y sus retos.

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